Debate del Estado de la Nación

Recuerdo una breve historia que mi padre me contaba de pequeño. Decía que Santillana del Mar era el pueblo de las tres mentiras; porque, ni es santa, ni es llana, ni tiene mar.

Aparte la primera y subjetiva valoración de la santidad del pueblo, las otras dos apreciaciones son bastante objetivas y reales.

Me pasa algo parecido cuando escucho el rimbombante título de «Debate del Estado de la Nación». Me cuesta llamar debate a los discursos mitineros de cada uno de los intervinientes. Me cuesta creer que realmente les importe el estado de España. Y, finalmente, me cuesta ver como una nación lo que se ha convertido España en los últimos años.

Es fácil entender la lejanía que aprecian los ciudadanos respecto de los políticos cuando uno pierde el tiempo en escuchar los discursos del Presidente del Gobierno o del líder de la oposición. Se aprecia que se necesitan. Que el uno no puede aguantar sin el liderazgo del otro. Les veo hablar y sus discursos, réplicas y contrarréplicas me parecen ensayadas, preparadas de antemano. No me los creo. Lo que es peor, ya es que ni me importan.

Y si no me importan a mi, que presumo de persona informada y con ciertas obligaciones de estar al día, por mor de mi profesión, ¿qué interés tendrán el resto de ciudadanos compatriotas? Probablemente, el mismo o menor.

Y, sin embargo, todo tiene una gran importancia porque no dejan de ser las personas que toman las decisiones que afectan a la marcha del país y de todos los que vivimos en esta «tierruca» (en homenaje a los cántabros que se hayan podido molestar por mi primer párrafo). Éstos que vemos en la tribuna del Congreso de los Diputados con discursos, diatribas y comentarios más o menos desagradables son los responsables de casi todo.

Es descorazonador leer los comentarios en Twitter. Los «peperos» defendiendo y vanagloriando el discurso del Presidente del Gobierno, sin medias tintas, sin «peros», sin ningún margen de crítica. ¡Y qué decir de los socialistas! Defendiendo el discurso de Rubalcaba, el portavoz de los últimos gobiernos de Felipe González, el portavoz del gobierno vinculado con los «GAL», el vicepresidente de Zapatero y uno de los máximos responsables de la tardanza en la toma de decisiones frente a la crisis económica.

Si es que, son tal para cual. Parece que el uno sin el otro no serían nada.

Recuerdo un ensayo de política que estudiamos en la asignatura de Política Económica en mi época universitaria. Demostraba que el bipartidismo es el sistema natural de las democracias avanzadas. Afirmaba que la gran mayoría de personas tienden al centro político y a huir de los extremos. De esta manera, los partidos más próximos a ese punto central, acumulaban la gran mayoría de los votos. Para la pervivencia del sistema, se hacía necesaria la alternancia de los dos partidos en el gobierno y la renovación periódica de las cúpulas de ambos partidos para ofrecer un supuesto «algo nuevo». ¿Les suena de algo? La alternancia se está dando pero… lo de la renovación… ejem.

Vamos, que mo me atrae nada este debate, ni me creo a los actores principales del mismo.

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